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BERTOLT BRECHT Y LA SOLUCIÓN

DE LUCHAS Y DICTADORES

BERTOLT BRECHT Y LA SOLUCIÓN

“¿No sería entonces más sencillo para el gobierno disolver al pueblo y elegir otro?”, se preguntaba el gran dramaturgo alemán en un poema de 1953. Aquí compartimos la historia poco conocida de esa ironía del genial escritor, tan amarga como punzante.

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Corría el año 1953, en Alemania Oriental, la “República Democrática Alemana” (RDA), es decir la Alemania “comunista” de la posguerra, surgida de la partición realizada por los ejércitos “aliados” tras la derrota del nazismo. La Alemania del Este, es sabido, quedó bajo la influencia soviética, por entonces bajo el liderazgo de uno de los autócratas más poderosos de la historia, José Stalin. El “padrecito de los pueblos” falleció al comenzar el mes de marzo de ese año.

El gobierno realizó un ajuste bastante duro (pues sí, no solo la derecha ajusta): básicamente se trataba de trabajar más horas con la misma remuneración. El 16 de junio, unos 80 obreros de la construcción de Berlín Oriental entraron en huelga y a partir del día siguiente, y de a poco, fueron miles de personas las que se sumaron. La “Sublevación de 1953”, como se la conoció, se convirtió en un levantamiento generalizado al que rápidamente se le respondió con violencia por parte del Grupo de Fuerzas Soviéticas en Alemania y la recién nacida “Volkspolizei” alemana (“Policía del Pueblo”). Pero la ola de huelgas y protestas no pudo ser controlada fácilmente: hubo manifestaciones en centenares de ciudades y pueblos.

Las crónicas refieren que el 17 de junio se reunieron unos 40.000 manifestantes solo en Berlín Oriental. Las demandas iniciales de los manifestantes (que pedían restituir las “cuotas” previas de trabajo, es decir, que no les extendieran la jornada laboral) mutaron en reclamos de renuncia del Gobierno de la Alemania del Este.

Stalin ya estaba muerto, pero no sus modos ni sus métodos. Su sucesor (por un tiempito) Georgi Malenkov y las autoridades germano-soviéticas dieron la orden y el levantamiento popular fue reprimido de manera bestial. El Gobierno pidió apoyo a sus “protectores” de la Unión Soviética que enviaron nada menos que 16 divisiones con 20.000 soldados, a lo que se sumaron otros 8.000 efectivos de la “Volkspolizei”. No se sabe (aún hoy) cuántas personas fueron asesinadas, pero las estimaciones van de 55 a 383, con miles de detenidos, otros miles de personas heridas y otras tantas sentenciadas a años de prisión en campos penitenciarios por considerarlas “instigadoras” de los levantamientos. Mucho más tarde, tras la caída de la URSS, de la RDA y del tristemente célebre Muro de Berlín, recién en 1990 se conoció otro dato tremendo sobre estos días aciagos: unos cuarenta soldados y oficiales soviéticos habían sido fusilados por negarse a matar a obreros rebeldes.

«No se sabe (aún hoy) cuántas personas fueron asesinadas, pero las estimaciones van de 55 a 383, con miles de detenidos, otros miles de personas heridas y otras tantas sentenciadas a años de prisión en campos penitenciarios por considerarlas “instigadoras” de los levantamientos»


Fue en ese contexto en el que el gran Bertolt Brecht (quien había decidido vivir en Berlín Oriental tras su “desexilio”) escribió un breve e irónico poema titulado “La solución”, muchas veces citado, pero pocas veces contextualizado.

Brecht fue un indiscutible genio del teatro y la poesía, y uno de los más influyentes intelectuales en el siglo pasado. Y, añado yo: también un genio de la filosofía, que desplegó de manera abundante, eficaz y original en su dramaturgia, cargada de pensamiento crítico, agudo y profundo, muchas veces con un humor muy singular y a veces amargo (“¿Qué es robar un banco, comparado con fundarlo?”). Contra lo que se cree habitualmente, Brecht nunca se afilió al Partido Comunista alemán, pero desde su juventud fue un estudioso del marxismo, con una vasta cultura política y filosófica, como se aprecia en sus obras literarias.

Durante el dominio nazi de su país natal, Brecht huyó de Alemania, refugiándose primero en Escandinavia y durante la Segunda Guerra Mundial se exilió en los Estados Unidos, adonde permaneció hasta el final de la guerra. Nunca estuvo cómodo en aquel país, donde fue vigilado por el FBI y citado por el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso. Por eso regresó a Berlín del Este y se instaló allí, donde fundó la compañía de teatro “Berliner Ensemble” junto a su esposa, la actriz Helene Weigel.

El autor de Galileo Galilei, entre tantas otras maravillas, era un convencido pensador y militante marxista. Pero también era un genuino espíritu libertario (libertario de verdad, no como los payasos funestos que hoy usurpan esa palabra). Por esa razón hay incluso quienes creen que cuando murió (en 1956) fue por decisión de la policía secreta soviética, que habría ordenado retacearle atención médica.

Volvamos a junio de 1953. La Unión de Escritores, para sorpresa y decepción de Brecht (quien formaba parte de ella), en esos días tremendos, en lugar de repudiar la represión, repudió el alzamiento popular. Incluso una de sus autoridades, su secretario Kurt Barthel, escribió una ominosa carta a los trabajadores donde les reprochaba haber traicionado al gobierno “comunista” y les decía: “Reconstruir una confianza traicionada es muy, muy difícil”.

Ese es el punto de partida del poema de Brecht. Con el contexto, creo, el poema se disfruta más. Y por supuesto, se aplica a todos los gobiernos prepotentes y elitistas (aunque se crean «de izquierda», o más aún, en especial a ellos). A todos los gobiernos que se creen más importantes que el pueblo. Es que el pueblo puede equivocarse (en democracia, solo el pueblo puede equivocarse) pero no abolirse, como imaginan (según ironiza Brecht) los mandones y dictadores de toda laya, en especial los que se dicen “libertarios” y en verdad son… bueno, la peste que conocemos.


LA SOLUCIÓN


Tras el levantamiento del 17 de junio
el secretario de la Unión de Escritores
ordenó la distribución de folletos en la avenida Stalin.
El pueblo, leemos,
ha perdido por su culpa la confianza del gobierno
y sólo redoblando sus esfuerzos
podría recuperarla.
¿No sería
entonces más sencillo
para el gobierno
disolver al pueblo
y elegir otro?

Bertolt Brecht