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LA BELLA (DURMIENTE) VIOLADA

UN CUENTO DE TERROR

LA BELLA (DURMIENTE) VIOLADA

El senador libertario Francisco Paoltronihizo una analogía entre el cuento de la Bella Durmiente y la victoria electoral de Javier Milei. Increíble. La violación no es un chiste, ni una práctica correctiva, ni una analogía para explicar posturas políticas. Es un delito grave, de consecuencias perpetuas para quien lo padece.

Texto: Agustina Díaz

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Ilustración: Victoria Frigo

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“Esto me hace acordar a un cuento de hadas La Bella Durmiente: vino una bruja a la casa y los dejó a todos durmiendo, pero, gracias a Dios, el 19 de noviembre vino el príncipe, les hizo el amor y los despertó a todos». Con esas palabras, el senador formoseño de La Libertad Avanza (LLA), Francisco Paoltroni, hizo una analogía entre el cuento de la Bella Durmiente y la victoria electoral de Javier Milei en medio de la labor parlamentaria de una comisión bicameral del Congreso Nacional.

Frente al silencio incluso la sonrisa de algunos asistentes, sólo la voz de la senadora Anabel Fernández Sagasti se alzó para señalar la gravedad de los dichos.

Los abusos sexuales lesionan la vida y la integridad de miles de mujeres, cada año, cada día, en nuestro país y en el mundo. Algunos de estos ataques preceden a femicidios espantosos. Otros se prolongan por años cuando la víctima es un niño o niña que convive con su agresor. En ocasiones, en el tortuoso camino de búsqueda de justicia, se obliga a las personas vulneradas a exponerse a procesos hostiles y complejos para comprobar que su palabra es la verdad. Hay violaciones que tienen lugar cuando la víctima es adormecida y se aprovecha su indefensión para someterla y lesionarla.

El miedo a los ataques sexuales recorre la educación impartida en los hogares, especialmente hacia las niñas. Es una conversación entre amigas. Implica medidas de protección especial en la vida cotidiana. El mensaje de WhatsApp para avisar “que llegué bien”; el compañero de facultad que acompaña a su amiga a la parada del colectivo para disuadir una posible agresión; mandar el mapa del GPS al subirse a un taxi o remise; pensar la vestimenta al salir a la calle para sentir más seguridad.

“Quienes son contrarios al reconocimiento de la violencia y discriminación por motivos de género, intentan exotizar, animalizar, demonizar o patologizar a los abusadores y violadores”

Parece increíble, pero resulta imprescindible volver a afirmarlo: la violación no es un chiste, ni una práctica correctiva, ni una analogía para explicar posturas políticas. Es un delito grave, de consecuencias perpetuas para quien lo padece, que expresa lo más alto de la cultura patriarcal y objetualizante de los cuerpos. 

Quienes son contrarios al reconocimiento de la violencia y discriminación por motivos de género, intentan exotizar, animalizar, demonizar o patologizar a los abusadores y violadores. Entonces, bajo esa perspectiva desentendida, pareciera que son monstruos, bestias, enfermos o locos quienes cometen esos hechos aberrantes, gente extraña y lejana que se desarrolla por los márgenes de la sociedad.

Nada más equivocado que eso. Los agresores son personas responsables penalmente, culturizadas en un entorno social donde la violación se justifica o convalida de diversas maneras, como, por ejemplo, cuando un senador de la Nación (uno de los más importantes cargos políticos electivos del sistema democrático argentino) intenta explicar el impacto de la asunción de un gobierno a partir de una analogía con la violación masiva del presidente al pueblo.

¿Qué quiso decir el senador con sus palabras? La interpretación más clara supone considerar que el pueblo argentino, dormido por la clase política gobernante hasta diciembre de 2023, fue despertado de su letargo por una violación salvadora y correctiva, la del presidente en funciones. Una especie de mal necesario (¡la violación!) para la toma de consciencia y el inicio de una etapa de progreso social.

La cultura de la violación está presente en muchos elementos de nuestra vida cotidiana y desandar ese camino es responsabilidad de todas las personas, también de aquellas “personas de bien” que consideran a la libertad como un valor irrestricto e innegociable.