SARITA

POESÍA

SARITA

La poesía de Silvina Miró y las ilustraciones de Agustina Lescano se conjugan para crear un arte potente y admirable.

Texto: Silvina Miró

Ilustración: Agustina Lescano

SARITA

Transitaba sosteniendo su vara de equilibrista

por la cornisa de la luz y la oscuridad,

la sopesaba para un lado y para otro

dependiendo de las voces

que le marcaban su rumbo.


Llevaba unas piedras en su morral,

matizadas por el uso.

Blancos, marrones, azules…

Miraba a los ojos de quienes

se atrevían a mirarla a ella,

y les leía en voz alta el aura.


Su ritual gitano, sin ser ella gitana

se repetía entre la juventud,

que curiosa le abría las puertas de su alma.

Sus dedos largos se introducían en su bolsita,

extraía una de esas piedras que con magia

las hacia recorrer por la frente.


Su presencia tenía eco entre aquellos

que despuntando a la vida necesitaban predecirla,

sin embargo, resultaba provocativa a la salida de misa,

donde las señoras esquivaban con cierto desprecio

a esta adivinadora poco decorosa,

a la que solo consultaban en secreto y desconocían en público.


Vestía pantalones ajustados, lentes azules de carey,

camisas de mangas largas y amplias, muy escotadas.

Cabello largo, abultado y prolijamente peinado.

Cinto ancho, hebilla grande, collares largos hasta la cintura

Portaba un vozarrón estridente,

que usaba siempre y cuando no la dejaras terminar su relato.


Sarita, fue embebiéndose de canas.

Su altivez de tacones altos y ojos pintados

fue perdiendo estatura, sus charlas eran en respuestas

de las consultas que le hacían en cuanto a sus experiencias.

Fascinada contaba cómo seguía seduciendo a los hombres jóvenes,

que solo veían en ella a ese cuerpo tallado que alegre ella les entregaba.


Su realidad, era verse linda, seductora, perfumada,

atrapante, sensual y sexual.

El pueblo todo hablaba de cómo ella era deseada.

Ella reía a carcajadas, aseguraba como ninfa que se admitía,

estaba al alcance de todos para disfrutar de ella

en cuerpo y alma, saciar la sed de la iniciación tal vez.


El tiempo, espejo traicionero

tapado por el polvo de la ilusión,

la envolvió en un camisón suave de algodón.

La acunó en su piso solitario,

de ventanas de sol y luna

mientras le mostraba fotos de niña.


Nadie volvió a nombrarla, solo dijeron por los diarios

“encontraron a una anciana, después de varios días de su deceso”

Una ambulancia cargo ese cuerpo que ella no reconoce.

Ni el pueblo quiso acompañarlo, su imagen siempre fue otra.

Sus pies descalzos se adelantaron y se la llevaron lejos:

quizá donde estaban sus padres, esos que ella decía eran Dioses.


S.M.A.M.

Taller EN PANTUFLAS-JUNIO 2020-

Profesora Susana Lizzi.